Lo más visto… de los problemas de los terapeutas contextuales: hablar para no contactar

Me pasa en mis relaciones personales que hay mucha gente que cuando habla no la entiendo. De hecho nunca me ha gustado del todo el dicho de que “hablando se entiende la gente”. Cuando alguien cercano me dice “tenemos que hablar, o vamos a sentarnos a aclarar…” se me activan cientos de anticipaciones entorno al enredo que puede estar en puerta. Muchas veces me han aconsejado ante los conflictos “habla con … para aclarar…” Uff, y me cuesta, porque sé que a veces cuando estamos intentando aclarar las cosas, las conversaciones se atascan en nudos hechos de argumentaciones defensivas, justificaciones, enredos con el pasado o hipótesis estériles. Estas conversaciones me incomodan, siento que todo se está embarrando más y a veces, en mi vida personal, no sé cómo salir de estos nudos.

Hay gente que a la que me cuesta mucho seguir cuando habla, cuanto más habla peor… Gente que dedica mucho tiempo a hablar sobre temas que a mí me parecen curiosos. Cómo han llegado de un sitio a otro, personas capaces de describir los atascos que se han  encontrado en el camino, de explicar todas las maniobras hechas para sortearlos, o personas que se entretienen en explicar los por qué se han comprado una cosa en vez de otra, o han hecho una inversión  en vez de otra y  por qué esa es la mejor … u otros procedimientos cotidianos, como por ejemplo cómo han llegado a decidir la ropa que se han puesto y sus respectivas argumentaciones… No sé, son temas en los que yo me pierdo, y de los que no puedo hablar además porque carezco del repertorio necesario para hacerlo, son temas que me aburren, y lo que me genera mucha curiosidad es que hay personas que siempre están hablado de esas cosas …

Y también me pasa que no entiendo a veces ni a mis seres queridos más cercanos. De golpe recibo reproches, me regañan por cosas que no me entero, me critican o piden explicaciones, y yo me pregunto: ¿a cuento de qué? Recibo estas reacciones como cachetadas inesperadas, golpes repentinos a los que respondo con sorpresa, a veces incredulidad, total asombro, y casi  siempre mutismo, es que no sé responder… lo que alimenta todavía más su enfado o su reproche…Yo sigo sin entender, y sí que entiendo que mis reacciones en esos momentos, o falta de ellas, pueden ser muy irritantes para los demás… En esos momentos contacto con las limitaciones de la comprensión que tenemos los humanos y e intento aferrarme a la tabla de salvación que es la compasión… desde la que no puedo no entender nada, no saber qué contestar pero  reconocer y validar que el otro siente eso que está sintiendo o que necesita hacer eso que está haciendo.

La terapia se basa en hablar y (con más frecuencia de lo que esperamos) ocurre que no entendemos a los clientes.

A veces los clientes llenan las sesiones de conversaciones vacías, hablan de cosas que dicen que les importan pero que se sienten intrascendentes; otras veces no paran de rumiar, de explicar e intentar convencerte de que lo que dicen tiene sentido. Ocurre a veces que vuelven una y otra vez a los mismos temas, planteamientos y quejas. Les digas lo que les digas, les propongas la tarea que les propongas, ellos vuelven siempre al mismo discurso, como si irremediablemente se vieran impulsados a pegarse al mismo imán, irse siempre al mismo lugar, hacia el mismo tema. Y todo esto atasca la terapia.

A veces ante los atascos con los pacientes, ponemos en marcha todas nuestras habilidades para abrir nuevos temas.

Retomamos el análisis funcional, exploramos nuevos ámbitos vitales, aspectos valiosos que no habíamos explorado con anterioridad, recurrimos a nuestras herramientas terapéuticas, proponemos nuevos ejercicios o metáforas, y ¡bien! hay veces que nos funciona.

Sin embargo otras veces volvemos, una y otra vez a las mismas respuestas, el cliente nos dice exactamente lo mismo, y la terapia se hace cada vez menos vital.

Otras veces ocurre que el cliente, está de acuerdo con todo lo que le decimos, siempre encuentra que sí, que justo, que es eso lo que le ocurre desde siempre, que eso le ocurre montones de veces al día, que toda su vida es así, como acabamos de decirlo nosotros. Pacientes que rápidamente se enteran de las metáforas, que nos cuentan sobre las cosas que están haciendo, que adquieren nuestras fórmulas verbales y las usan con destreza y sentido; pero que sin embargo no parece que su vida hubiese cambiado sustancialmente, los cambios son globales, generales, poco específicos, o conductualmente medibles.

En estas situaciones tan frecuentes conviene pararse y preguntarse:

¿Qué está haciendo el cliente cuando hace esto? A veces el cliente está tejiendo una explicación, está quitándole importancia a algo doloroso, se está convenciendo a sí mismo, está montando un autoengaño, se está entreteniendo, distrayendo con algún tema, se está dando ánimos, o se está consolando por lo que le está pasando… Y luego, pregúntate ¿Para qué hace esto? ¿Para qué le sirve hacerlo?  Para que le sirve el consuelo, las explicaciones, los argumentos, las distracciones … Estas son las estrategias de evitación o inflexibles más sutiles que nos encontramos en  sesión, estrategias útiles para los clientes y que les ayudan a sentir coherencia en lo que hacen y a evitar contactar con el dolor que hay más allá de las palabras, del discurso. Hablar para evitar, hablar para llenar el espacio, desplegar la red de significados personal coherente que siempre es refugio, da sentido y ajuste, y facilita la comprensión. Es hablar que tranquiliza, que tapa, que llena, pero que siempre oscurece aleja de la emoción, desconecta.

Tocará entonces hacerse estas preguntas en sesión, en dirección a analizar el proceso activo en esa interacción en curso:

  • ¿Qué está haciendo en este momento el cliente cuando se activa el discurso?
  • ¿Para qué lo está haciendo, cuál es su función?
  • ¿Qué emoción, que pensamiento, o recuerdo, por ejemplo, se habrá activado?, ¿Cuando hablamos de qué cosa, en relación con qué situación, qué pregunta acabo de hacerle?
  • ¿Cuál es el efecto de lo que está haciendo en la interacción que estamos teniendo? ¿te sientes más cerca de tu paciente?, ¿sientes que entiendes más? ¿que hay emoción ahí, que hay vida? ¿avanzas en el proceso,  hay  algo  nuevo  que se esté poniendo  en marcha?
  • Y luego validando, con cordialidad y cercanía muéstrale al paciente lo que está ocurriendo, pregúntale las veces que lo hace fuera de sesión, y exprésale abiertamente lo que notas cuando hace eso, es decir,  los efectos que está teniendo en tí.

Todo esto  en la búsqueda de analizar funcionalmente la interacción  y trabajar con  las conductas clínicamente relevante que ocurren en sesión y allanar el camino  para que el proceso se reactive,  adquiera profundidad, vitalidad… Probablemente este movimiento abra una vía nos sólo a la comprensión, sino al acercamiento y a la conexión más profundas del paciente consigo mismo y entre el terapeuta y el cliente…

Que en definitiva es lo que todos buscamos y yo busco y deseo fervientemente con mis pacientes, también con mis alumnos, y desde luego en mis interacciones personales…

Marisa Paez
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