Los errores de los terapeutas

20 abril, 2022

Marisa

Reflexiones

0

A todos nos ha pasado que ante el retraso del paciente a la sesión comencemos a repasar lo que hicimos en la sesión anterior y nos embarguen las dudas, o cierta inquietud. Incluso puede ocurrir que en la sesión anterior ya hubiéramos notado que «habíamos metido la pata, que nos habíamos pasado con el paciente”. Y es que todos los terapeutas nos pasamos alguna o varias veces, y seguramente nos volveremos a pasar en sesión. Quien no sepa ver sus errores en terapia, quien no se dé permiso para analizar sus tendencias de respuesta ante la equivocación, quien no tenga el coraje de asumir los fallos y trabajar para cambiarlos, difícilmente desarrollará su sensibilidad clínica, difícilmente se moverá flexiblemente en la interacción con el otro, y difícilmente adquirirá las habilidades profesionales necesarias. En definitiva será muy difícil que aprenda de sus clientes y sea un buen terapeuta.

Pasarse a veces tiene que ver con dejarse arrastrar por la impaciencia, con acelerarse, con ahondar o meterse en temas, abrir heridas sin dejar claro el para qué nos metemos en ese dolor, o qué utilidad podría tener hacerlo. A veces pasarse tiene que ver con dejarse llevar por las prisas, o por la curiosidad que terminan siendo vividas por el cliente como algo doloroso, molesto o incómodo en la terapia. Como cuando parece que se están tratando cosas sin sentido, o se está hablando de unos temas, cuando las preocupaciones del cliente son otras. A veces pasarse tiene que ver con que esta indagación tiene lugar en un contexto que no es sentido como suficientemente seguro, de confianza o de cercanía con el terapeuta, de modo que las conversaciones carecen de sentido y se hacen más incómodas incluso. Seguramente la falta de dirección, de orientación en la terapia, pueden evocar en el paciente la sensación de que está yendo a terapia para pasarlo peor de lo que lo pasa en su día a día, y esto le lleve a dejar prematuramente el proceso. Esto se puede producir cuando no nos paramos a presentar nuestro rol, ni a encuadrar el trabajo que comenzamos, o no describimos con claridad las características de la terapia que vamos a comenzar, o el valor que podría tener el contactar con cosas incómodas o dolorosas.

Quizás en otras circunstancias el pasarte tenga que ver con que le has pedido a tu paciente que haga algo demasiado difícil, algo para lo que no tiene habilidades, o puede que no sepa gestionar las barreras para hacerlo. Tal vez le hayas planteado una tarea muy exigente, por ejemplo, con la que no puede comprometerse y tu no has calibrado los recursos que esa tarea implica, y que quizás tu cliente no tenga. Avergonzado por no cumplirla, enredado en la idea de “que no tiene arreglo”, de que “es incapaz”, de que «es un fracaso», el cliente quizás no quiera volver, asumiendo que, una vez más, esta es otra terapia que no puede hacer nada por él.…

Puedes pasarte de muchas formas…

Y hoy esperándolo en tu despacho y al ver que no viene, empiezas a darte cuenta de que durante la última sesión lo que le has dicho, cómo se lo has dicho, el poco cuidado con el que se lo has dicho o el mero hecho de ir rápido o cerrar inesperadamente la sesión, ha sido pasarte, y te das cuenta que le has dado el patadón a tu paciente. El paciente no va a volver.

Quizás en un primer momento reacciones intentando justificarte, o dándote aliento, argumentado lo cansado que estás, o la falta de condiciones laborales propicias para hacer tu trabajo, o quizás tu mente te recuerde en ese momento lo listo que eres, lo formado que estás, todo lo que sabes. A veces tu mente te protege defendiendo tu ego, tu dignidad profesional y atribuyendo la ausencia del cliente a sus resistencias, a su falta de motivación, o a su escasa consciencia de enfermedad… ¡Y es que todos necesitamos proteger nuestro autoconcepto profesional, todos hemos pasado por ahí, más cuando esta faceta de nuestra vida es tan importante!

Otras veces las mentes se vuelven implacables. Quizás la tuya te detalle todo lo que has hecho mal, te describa con claridad y exactitud lo que necesitaba tu cliente, o te enumere las pocas habilidades y lo insensible que has sido en las sesiones con esa persona. Es fácil en estas circunstancias que emerja la autocrítica, la hiper-exigencia, las dudas sobre tu capacidad profesional, tu valía personal e incluso y comiences a sentirte pequeño e incapaz. O puede que tu mente te vuelva a recordar «lo poco que vales», que “no sirves”, o “todas las veces que los has hecho mal”, “cómo te has equivocado al pensar que podrías ser psicólogo…”  

Y cómo caigas y te enredes, o salgas y tomes distancia de tu autoexigencia, de la tendencia al perfeccionismo, de tu egocentrismo, te llevará a unos resultados terapéuticos u otros. A un modo de operar ante el error u otro, a unas circunstancias más o menos propicias para seguir aprendiendo de tus clientes y de los procesos terapéuticos que experimentas.

Por ello será fundamental que a lo largo de tu formación como terapeuta revises tus reacciones ante el equívoco, el tipo de afrontamiento ante el error que has aprendido a lo largo de tu vida. Que explores y profundices sobre qué haces cuando metes la pata. Qué sientes cuando te equivocas, qué te dices a ti misma, qué descripciones y valoraciones emergen sobre ti, y qué haces ante ello… Y quizás puedas comenzar a plantearte el trabajar ante esos mensajes de tu mente desde la paciencia, la amabilidad, la autocompasión, y puedas asumir flexiblemente tus errores y revisar tu tendencia a reaccionar, y mirar hasta qué punto lo que terminas haciendo ante ello repercute en el progreso de tu paciente, en tu honestidad y eficacia como terapeuta.

Incluso quizás te des permiso para contactar con tu cliente, compartir con él tus fallos, compatir lo que crees que has hecho mal, exponer para que hiciste algo, de qué modo te equivocaste al decir o hacer aquello … Contactar con el paciente para indagar y darle espacio para hablar sobre cómo se ha sentido y qué ha echado de menos en la terapia, disculparte quizás por haber ido demasiado de prisa… En definitiva, ser modelo de aceptación del error, de flexibilidad ante la autoexigencia, de humildad ante el perfeccionismo, y actuar desde el firme propósito de explorar y dar un giro y reorientar, quizá, el proceso terapéutico encausándolo hacia lo verdaderamente significativo para el paciente.

Post by Marisa Paez

Comments are closed.