Verano inesperado

Siento que cada año mis veranos son mejores, no porque haga cosas más exóticas o visite sitios más lejanos. Creo que es porque cada vez soy más consciente de las cosas que necesito y con las que disfruto; que cada vez soy más capaz de hacer sólo las cosas que más nos nutren, a mi familia y a mi. En la búsqueda de lo que necesito y nos hace bien, me encuentro siempre con detalles nimios, cosas pequeñas, y siempre con buena compañía… con vistas, con localizaciones específicas, con pequeñas comodidades, con lo bello … El verano nos va dejando y hoy, sólo puedo estar agradecida, porque si bien pintaba mal, por la gran incertidumbre, algunos sustos que hemos pasado y los miedos propios de la situación; incluso con sorpresas y cambios de última hora, ha sido un verano maravilloso, más intenso que otros años, especial.

Hemos estrujado al máximo las experiencias vividas:

el imparable impulso de la naturaleza, el verdor de las malezas y las flores silvestres del campo, a la luz de los meses de encierro se han hecho evidentes y nos han reconectado con la vida. El aire húmedo y fresco del campo nos han inflado, nos ha hecho sentir ágiles y fuertes, los senderos nos han invitado a recorrerlos, y después de tanta inmovilidad, cada paso, cada kilómetro andado ha sabido a triunfo. Hemos valorado lo importante del movimiento para nuestro cuerpo. Con el olor a mar, el sabor al salitre, la brisa que nos ha tersado la piel y nos ha rizado el pelo, hemos contactado con el valor y la riqueza de lo que nos ofrecen nuestros sentidos cada día. También con cómo se empobrecería nuestra existencia sin ellos. Los atardeceres, después de tanto meses viendo la pared del vecino, nos han hecho valorar la belleza de la naturaleza y la importancia de estar cerca de ella, nos han recordado la impermanencia de las cosas, nos han hecho conectar con el final, con lo cíclico de la vida…

Hemos compartido alguna celebración, hemos visitado a personas queridas y nos han  venido a ver viejos amigos. Encontrarnos después de tanta distancia ha sido emocionante. Buscar y practicar modos alternativos para compartir y estar cerca de forma segura ha afianzado nuestro cariño, y las bases en el respeto y el cuidado mutuo. Hemos conseguido hacerlo, hemos asumido de forma madura un cierto nivel de riesgo sopesando lo importante que era volver a compartir, renunciando a ciertos gestos habituales, y por ahora, va saliendo bien.

Volvemos ya a la rutina, esa rutina que todavía no está implementada, esa rutina que la tendremos que construir y afianzar, poco a poco, hasta transformarla en hábito. De cada uno de nosotros dependerá que esto sea un dramón, como  parece que ya lo es para muchos, o sea una invitación a mirar cómo quiere uno hacer las cosas, un momento para replantearse su modo de estar en el mundo. La posibilidad de asumir con responsabilidad que el riesgo cero no existe, no existe hoy ni ha existido nunca aunque nos hayan hecho creer que vivir en el control y la seguridad era posible. A sopesar qué riesgos quiere asumir cada cual, a aprender a expresarlo abiertamente y a elegir cómo quiere hacer su  vida en adelante. Siendo consciente de lo que está haciendo, haciéndose cargo de las elecciones realizadas y asumiendo a cada paso las consecuencias que pueden devenir de ellas.

Yo quiero seguir sacándole partido a esta situación y aprender a cambiar, a ajustarme a los desafíos que van surgiendo, poniendo el foco en lo que me importa, valorando y agradeciendo cada día los regalos que recibo: la salud, el amor, y la conexión con los que quiero y con mis propósitos vitales.

Marisa Paez
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